martes, 5 de agosto de 2008

Trova del Mar de Almería



Se está acercando el invierno
por el manto y la sabana.
El suelo está yermo y seco
desde hace muchas jornadas.
Es ahora. Es el momento
de emprender la larga marcha,
porque en el otro hemisferio
las aguas están en calma
y el verano, con buen tiempo,
ayudará a la llegada.

Hubiera querido hacerlo
estando embarazada,
pero nació y, al verlo,
se prepara con más ganas
para cruzar el estrecho
y medio mar, si hace falta.
que quiere buscarle un techo
que no sea el de la cabaña
y abundantes alimentos
y libertad, justicia y calma.
Piensa que está, todo esto,
en el país de la España,
donde otros ya se fueron
desde Camerún, su patria,
y muchos dicen que les dieron
trabajo, comida y casa.
-¡ Dios ayude a mi pequeño
a cruzar las olas blancas!.

La familia juntó el dinero,
los mafiosos lo están cobrando…
parecen tipos muy serios
y prometen un buen barco.

Tras de muchos días andando,
atravesaron desiertos
con coches destartalados.
Se aguanta con sufrimiento
pero siempre esperanzados
en que llegarán a puerto
y les espera un buen barco.

La madre piensa que el niño,
como va siempre mamando,
con su leche y su cariño,
estará bien todo el rato.


Dos días de larga espera
le hacen eterno el calor.
La comida ya escasea
y algunos siembran temor :
el temor a ser descubiertos,
a no salir del estrecho
ni ver la tierra, ni un techo,
y a que falten alimentos,
y a perder todo el dinero
si los cogen en el mar
para deportarlos luego.

Han venido más viajeros
y han dado los mil doscientos
que cuesta este viaje incierto.
-¡ Subiros, vamos corriendo!
- grita la voz del balsero –
-¡ Que, cuando esté amaneciendo,
nadie en la costa ha de veros!.

Y todos, con empujones,
se aprietan buscando un hueco,
ya se arrancan los motores,
la lancha va mar adentro.


Dicen dos alegres voces :
¡Hermano, dejamos Marruecos!.
La noche, en sus corazones,
trajo una brisa de aliento.
Mas, poco duró su alegría,
porque, con el desconcierto,
se oyó a un mayor que decía
que aquello, no era el estrecho
ni estaban en mar de “Cai”
ni se ven faros de puertos.

Al alba, se miran de día
y advierten con desasosiego
que no hay patrón en la lancha
y un motor se queda quieto.
Parece que el mar se ensancha.

Aquello es un mar inmenso
y no hay comida, ni agua
y el mar, ya no está quieto.
Pasado ya el cuarto día,
han tirado un niño muerto.



La madre que todavía
mantiene a su hijo en el pecho,
siente, despavorida,
que el niño ya chupa menos
y limpia con su saliva
la sal de sus ojos negros.

Esta noche , ya no se mueve
el hijo de sus adentros.
Con el amor de una madre,
piensa que está durmiendo
que ya, la sal, no le escuece,
que mañana verá un puerto.

Pero le vino la muerte
a su trocito de cielo,
su corazón no se siente,
ya no llora,
su pequeño.

¡¿Dónde estará Dios ahora ?!.
¡¿ Por qué nos llevó al infierno ¿!.
Una mujer, a su lado,
se abraza con desconsuelo.
-Hay que dejarlos “a nado”,
mi niño también ha muerto.

El sexto día se acaba
y susurran entre dientes
que ya se ha ido su alma.
Al noveno de los “peques”
tienen que echarlo al agua.

Cuando llega la mañana,
con rayos de sol hirientes,
han perdido la esperanza
de ser hoy supervivientes
de la mortífera lancha
que, a la deriva, los tiene.



Se oye ruido por el viento,
son las aspas que se escuchan:
los ha visto “salvamento”;
mueven sus brazos y luchan
por ser vistos al momento…

Pero las madres se miran
guardando todas silencio.
Nueve madres que deliran
viendo, en sus brazos, un hueco.

Es un dolor tan profundo
como el mar que, ahora, es desierto.
No existe dolor en el mundo,
no hay cuchillo que se clave
tan quemando y tan profundo,
como el dolor de una madre
que ha superado mil muros
y, sin querer que la rescaten,
llora en el suelo… más duro,
pensando que nunca, una madre,
debería sobrevivir
si su hijo perdió la vida,
porque esto, ya no es vivir,
es morir en Almería.



¿De qué sirve ya existir
si, perdida la alegría,
las metas vieron su fin?.
En las costas de Almería,
nueve madres se abrazaban.

Lloran, lloran, ya no hablan
porque el mar se llevó su vida.
Su llanto no tiene calma
ni, nuestro mundo, cabida
ni ya sirve la esperanza
ni consuelos, ni sonrisas.
Solo el dolor de su alma
guiará, siempre… su vida.

Pablo Martínez Fernández.

La Puerta de Segura 13 – 07 – 2008

P. D.
Jamás, un poeta, pretende escribir con rigor periodístico. Solo quiere ser el trovador circunstancial de lo que el ojo ve, y el corazón no siente. A todos los que podáis hacer algo, os pido esfuerzo y voluntad.